Una receta literaria sobre boxeo

Una receta literaria para amantes del boxeo

Información

Dificultad: Engañosamente sencillo dada su breve extensión, y con unos ingredientes no siempre fáciles de encontrar.

Comensales: Para amantes del boxeo y las atmósferas decadentes y trágicas.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Ingredientes

Un título que nos da pistas sobre el género del texto y anticipa un desenlace casi imposible de resolver.

Un personaje obligado a debatirse entre sus máximas aspiraciones profesionales y la amenaza de perder su propia vida.

Un relato negro sobre las mafias y las peleas amañadas dentro del mundo del boxeo.

Una dosis extra de realismo y empatía mediante un lenguaje coloquial, sarcástico y directo. 

Pasos

Inicie la historia en el momento mismo de la trama, despojándose de introducciones o datos innecesarios que alteren las propiedades de los ingredientes.

Aborde el argumento directamente a través de los diálogos descarnados de los protagonistas, sazonando éstos con un pellizco generoso de sal y especias.

Utilice un lenguaje crudo y visceral. Olvídese de sofritos poéticos y narrativas descriptivas. Este plato se sirve al más puro estilo banzai. Es el sushi de la literatura.

Narre la historia de forma directa y a máxima velocidad; como si se tratase de la visión de un videoclip que se degusta con la vista, el olfato, el gusto y la imaginación.

Haga que el argumento y los personajes sean creíbles; y narre sus dilemas personales de modo que el lector pueda sentirse implicado con sus decisiones y se deleite con la amargura de sus propios aromas y texturas.

Prescinda de cualquier ingrediente que no esté en la receta original. Con ello conseguiremos que la historia mantenga un sabor auténtico y un impacto inmediato. En este caso, “menos es más.” Su paladar sabrá apreciar la diferencia.

Al ser una delicatessen de sabor fuerte y compacto se sirve siempre en pequeñas dosis. Pasadas un par de horas se recomienda repetir la ingesta y reinterpretar nuestras sensaciones finales, ya que éstas pueden variar según el momento. 

Redacción de la receta: Alexander Drake

 

El chef

Alexander Drake, seudónimo de Alain Gonfaus (San Sebastián, 1974), estudió Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco. En 2006 publicó el libro de fotografía e investigación Surfers, una visión antropológica de la cultura del surf. En 2009 la novela La Transformación. En 2012 el libro de relatos Vorágine (obra ganadora del VII Premio Internacional Vivendia-Villiers). En 2014 el libro Ocho relatos de boxeo. Y en 2015 la novela Ciudad de Caníbales. Es el guionista y co-director del cortometraje “Horizonte despejado”, y fue el baterista del grupo de rock-electrónico “Dunkelheit”, ganadores del Concurso Pop-Rock Ciudad de San Sebastián en el año 2004. El microrrelato que ofrecemos a continuación, “Contra las cuerdas”, pertenece a su libro Ocho relatos de boxeo.

 

Una historia sobre boxeo

Cuento corto de Alexander Drake: Contra las cuerdas

—Lo siento, Joe, pero esta noche no puedes ganar.

—¡No me jodas, Charly! ¡Ese capullo no es mejor que yo! ¡Puedo vencerle sin problemas!

—Lo sé. Lo sé… Pero no es así como funciona este tinglado. Esto es boxeo, chico. Se trata de hacer negocio; de sacar tajada del espectáculo. ¿A quién le importa quién sea en realidad el mejor púgil cuando uno tiene los bolsillos llenos de billetes? Aquí hay un gran pastel y cada cual quiere su trozo.

—¿Pero qué clase de entrenador eres tú?

—Uno que va a evitar que te maten…

—¿De qué estás hablando?

—Mira, Joe, esta gente es peligrosa. Es la mafia, por Dios. Son capaces de cualquier cosa… Puedes apostar en tu contra. Sacarás una fortuna…

—No tengo nada. Ni siquiera podría apostar 100 pavos… ¡Pero si gano me embolsaré 50.000 limpios!

—Olvídalo, serías un fiambre mañana a primera hora.

—Sabes que este título es lo que más deseo en el mundo. He preparado este combate durante meses. Tú lo sabes mejor que nadie…

—Escúchame, chico. Yo no puedo hacer nada. No soy más que un pececillo en un tanque de tiburones. O pierdes este combate, o los dos perderemos la vida…

Charly terminó de vendar los puños a su boxeador. Ninguno volvió a pronunciar palabra. Salieron juntos del vestuario y se dirigieron hacia el túnel de salida. Su rival le esperaba ya sobre el cuadrilátero. En cuanto Joe puso un pie en el estadio la afición explotó en aplausos y gritos de ánimo. Él se limitó a seguir avanzando hacia el ring, golpeando al aire tímidamente con sus guantes, con la capucha puesta y sin levantar la mirada del suelo.

2 comentarios en “Una receta literaria para amantes del boxeo

  1. El asunto no es nuevo, pero sí estimulante. Un hombre se debate. Las circunstancias son inamovibles, las conductas alternativas que está considerando, desembocan en la gloria o la muerte. El final abierto, sin embargo, suele ser asimilado por todos los autores a una indistinción que no se inclina por ninguna respuesta. Éstas quedan fiadas herméticamente a los procesos volitivos del personaje, como si el lío existencial le interesase en exclusiva. Lo que constituye un error, puesto que el objetivo del final abierto sólo se logra cuando el lector se da cuenta de que se ha planteado un caso que es siempre el suyo: los actores interpretan un drama en la corte donde se conspira y asesina a un rey. En el momento en que se reconoce lo personal en lo pintado, el severo truco trágico de que hablaba Aristóteles (anagnórisis o agnición), nos ejecuta todo su rigor.

    • Incapaz de dar con estrategia alguna de edición, respóndomelo yo a mi sabor.

      El asunto no es nuevo, pero sí estimulante. Un hombre se debate. Las circunstancias son inamovibles, las conductas alternativas que está considerando desembocan en la infamia remunerada o la gloria y la muerte. El final abierto, sin embargo, suele ser asimilado por todos los autores a una indistinción que no se inclina por ninguna respuesta. Éstas quedan fiadas herméticamente a los procesos volitivos del personaje, como si el lío existencial le interesase en exclusiva. Lo que constituye un error, puesto que el objetivo del final abierto sólo se logra cuando el lector se da cuenta de que se ha planteado un caso que es siempre el suyo: los actores interpretan un drama en la corte donde se conspira y asesina a un rey. En el momento en que se reconoce lo vital en lo pintado, el severo truco trágico de que hablaba Aristóteles (anagnórisis o agnición), nos ejecuta con todo rigor.

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