Un plato para hacer historia, Sábato y Borges

Un plato argentino para hacer historia: Sábato y Borges

Información

  • Dificultad: relativamente alta. El chef no puede improvisar y cocinar el plato a su libre albedrío. Más bien todo lo contrario: hay que documentarse bien antes de llevar a cabo la receta.
  • Comensales: amantes de la literatura, de la historia y, por qué no decirlo, del chascarrillo.
  • Tiempo de lectura: 10 minutos.

Ingredientes

  • Dos de los personajes más relevantes de la literatura latinoamericana del siglo XX: Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges.
  • Varios personajes secundarios, uno de los cuales tendrá un papel importante (y negativo) en el devenir de su país.
  • Sosiego y rigor histórico.
  • Amor a la verdad, o al menos a lo que podría haber sido la verdad.
  • Lenguaje periodístico.

Pasos

Eeste es un plato histórico de la cocina literaria argentina: dos autores de gran prestigio acuden al almuerzo del futuro dictador Jorge Rafael Videla, poco después de su llegada al poder. Lo que ocurrió después de la comida es sabido: uno de ellos, Ernesto Sábato, quedó marcado de por vida, y tal vez el otro también hubiera corrido igual suerte si no fuera tan mayor.Con este planteamiento, debes cocinar un plato en el que se resuma, sin tomar partido, la documentación que ha sobrevivido sobre ese almuerzo. No debe ser un plato pesado ni demasiado recargado. El objetivo es que la curiosidad del comensal quede tocada y sea él mismo quien se encargue de buscar más información sobre el tema.

El objetivo de este plato natural, sin apenas condimentos, no es perdonar ni mancillar el nombre de ilustres escritores, sino simplemente situarnos en un contexto histórico de gran importancia para el país (en este caso Argentina) y para uno de los actores de dicha escena.

Evite decir la última palabra. La historia, como la cocina o la propia literatura, entraña mucha dificultad.

Servir un poco de vino de rioja, con moderación. No se trata de emborrachar al lector, sino simplemente de captar su atención e informarle de un suceso del que tal vez no tenía noticia.

El chef

Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios, Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, funda-mentalmente en La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta y setenta fue Secretario de Prensa de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta transformarse en escritor.

Sábato y Borges

Sábato y Borges almuerzan con el dictador Videla

Ernesto Sábato (Rojas; 24 de junio de 1911-Santos Lugares; 30 de abril de 2011) fue uno de los asistentes a un almuerzo con el dictador Jorge Rafael Videla, donde todos quedaron marcados como colaboracionistas del régimen militar argentino.

Aunque los hechos lo condenan, nunca será fácil hacer un juicio definitivo sobre las ideas, las posturas políticas y sobre todo las decisiones de vida de Ernesto Sábato. Al autor de El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961), y Abaddón el exterminador (1974), le enrostra su asistencia al indigesto almuerzo con el general Jorge Rafael Videla, que tuvo lugar el miércoles 19 de mayo de 1976, casi dos meses después del golpe, en la Casa Rosada. La mesa de Videla fue compartida por Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges, el titular de la Sociedad Argentina de Escritores, Horacio Ratti, y el sacerdote Leonardo Castellani, aparte de secretarios, agentes de seguridad, y jefes de gabinete del dictador.

Un mozo, después de los saludos y presentaciones, les sirvió budín de verduras con salsa blanca, ravioles y ensalada de frutas con crema o dulce de leche. El vino fue un Bianchi 1887 y el blanco de la casa San Felipe.

Fueron poco más de dos horas de temor. Se han dado diversas versiones sobre lo conversado. Hay quienes aseguran que sólo se hablaron temas generales, sin embargo, otros dicen que de manera tangencial y con mucho decoro se pidió saber el paradero del escritor Haroldo Conti, secuestrado semanas antes. A manera de anécdota, porque no está probado, se habla de un papelito nerviosamente doblado, que alguien puso entre las páginas de un libro que le llevaron de regalo al militar. En ese papel, que lógicamente se extravió, iban los nombres de varios intelectuales desaparecidos a manos de los agentes del régimen y por quienes se pedía clemencia. Dicen que el encargado de entregar el papel era Borges, pero no hay certeza de si cumplió o no su cometido. El escritor ya estaba enfermo y muy disminuido física e intelectualmente, al punto de que al retirarse del almuerzo invitó a sus compañeros a tomar un café en su casa. Él se fue antes y cuando Sabato, Ratti y el cura Castellani llegaron a su domicilio, una criada los detuvo en la puerta y les dijo que “el señor está indispuesto, y no los puede recibir”. Muchos aseguran que lo que le dio fue una cagadera de los mil demonios, al darse cuenta, tardíamente, que Videla los había utilizado.

Sábato, más joven y más entero, reaccionó con efecto retardado. Un periodista (Hector D’Amico, de La Nación-Buenos Aire) fue a su casa de Santos Lugares, el día siguiente para entrevistarlo. Cuenta el periodista que Sábato estaba muy irritado, descompuesto y que lo único que hizo ante él fue justificar la asistencia al almuerzo y las declaraciones se realizó a la salida de la Casa Rosada. Se le enrostran esas declaraciones ambiguas al término de aquella cita, donde calificó al gobernante de un hombre culto y respetuoso. Se le supone así, un apoyo tangencial, “dadas las circunstancias”, a dicho régimen de facto que llenó de terror y angustia al pueblo argentino. Lo acusan de colaboracionista de ese gobierno de fusiles y metralletas.

Sábato cargó hasta el día de su muerte con ese riel atado a su cuello. No obstante, buscó una reivindicación, un perdón o quizá una justificación. La encontró cuando el presidente Raúl Alfonsín, años más tarde, le encargó la tarea de encabezar un grupo de intelectuales que emitiría un pronunciamiento sobre los crímenes de Videla, algo parecido a La lista Schindler o el Yo acuso de Emile Zola. El documento, que se entregó el 20 de septiembre de 1984, se conoce como “El Informe Sábato”. Con dedicación y celo, el autor de El túnel se dio a la tarea de reunir los nombres e identidades de los asesinados y de los desaparecidos de ese régimen (8.960 desapariciones y la existencia de 340 centros de detención y tortura). Por fortuna para Argentina y para él, los antecedentes recopilados por el escritor sirvieron de base para enjuiciar a Videla y mandarlo a la cárcel por crímenes de lesa humanidad.

Esos son los porfiados hechos, pero, a pesar de todo, nadie podría dudar del talento de Sábato, quien estudió Física y trabajó en un laboratorio, aunque terminó tomando del brazo a la literatura.

Sus libros pueden dar testimonio de su innegable fortaleza como escritor.

Ernesto Bustos Garrido

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