Cuento gastronómico: Retablo caníbal a la carta en 8 actos

Por Octavi Franch

0: La rutina de comer para sobrevivir.

No había otra cosa en el mundo que lo excitara más. A la hora de comer, Pichi Arda abría un pequeño paréntesis en su insípida, monocromática y ausente vida de oficinista en una multinacional en declive y pegaba sus dioptrías por las diferentes pizarras que anunciaban el menú diario a lo largo de la avenida del Gladiador Cunni Lingus, de quien contaban las historias profundas alrededor de toda la verdad entre la legendaria relación entre Cleopatra y Marco Antonio: según las últimas tesis de esta escasa pero emprendedora pareja de catedráticas, menopáusicas e histéricas —por este orden y no otro— este joven, varonil y erecto soldado romano había sido la única causa de la no-copulación definitiva entre las tierras áridas de Egipto y las mediterráneas del Imperio Romano —todavía no ha quedado claro con quién se lo montaba, ¡qué cosas!—. Todo esto, Pichi Arda se lo pasaba por la piedra Pómez, así que enfiló un día más el inicio gastronómico de aquella semana, la más metafísica —más meta que física, si tenemos que ser objetivos— de su vida, al menos desde el punto de vista culinario sin más.

1: Lunes; dormiremos juntos…

Empezar la semana de la mejor manera, este era su lema. Y él, que tanto ha predicado que seguía el refranero mayor, sabía muy bien cómo acabaría aquel nuevo lunes. El restaurante se llamaba La turca, y no porque los platos que te servían fueran exóticos ni nada parecido: como te ponían tanto y tanto vino durante la comida, te daba un ataque de pereza tan relajado que te tenías que quedar a dormir como fuera; con buena compañía, claro, la cual, por otro lado, no estaba contemplada en el precio del menú. De la lista de sugerencias escogió:

• Ensalada de pimientos.

• Pierna de cordera.

• Dos meloncitos.

A la hora de pagar, una actriz de doblaje sudamericana le cogió de las nalgas para que no se cayera. Iba tan torcido que se dio cuenta de la corrida cuando hacía un par de horas que su compañera de cama roncaba el coito.

2: Martes; me la comerás…

El martes siempre probaba fortuna en Casa del Cojo Nes, un restaurante familiar inaugurado en la esquina entre las calles 69 y 21 del polígono industrial Cardedeu. Ya hacía un montón de semanas que almorzaba allí y siempre salía satisfecho. Aquel martes, no obstante, el menú era:

• Puntas de espárrago con mahonesa.

• Cigalas al vapor.

• Churros con nata.

Después del refrigerio Pichi Arda abonó el importe, se tiró un rato escuchando a todo el mundo menos a él y se rascó la entrepierna con una cierta dosis de urgencia. La casa de sombreros más cercana estaba a unos doscientos metros. Se encaminó hacia allí, enseguida.

En Globus ya lo tenían más visto que al cura del barrio. Y, como cada martes del mundo, Pichi Arda pidió a la madame que desfilasen por delante de él todas las putas de aquel local. Siempre escogía la que tuviera los labios más carnosos, la lengua más larga y ancha, y un par de tetas como dos sandías. Con 30 € se subvencionó una mamada que le provocó la pérdida de las pupilas de los ojos durante un buen rato.

3: Miércoles; me la levantas…

Y mira por dónde que Pichi Arda ya había llegado al ecuador de la semana, con el bolsillo escurrido y el depósito todavía medio lleno. Con muchas ganas aún rondando sus entrañas más inferiores, Pichi volvió a pasear por la avenida Cunni Lingus y fue a dar con el restaurante que cada miércoles visitaba. El dueño, un antiguo violador con consentimiento de profesoras de autoescuela, bautizó el establecimiento como Penny Club. Curiosamente, iban más hombres que mujeres. Bien, el tema es que Pichi entró y pidió la mesa de siempre, la del rincón montaña. Una vez sentado escudriñó la carta y, seguidamente, pidió a la camarera afroamericana, en toples y con una raja de rizos que no se acabaría aunque se pasara todo el verano dedicado a esta combinación gastronómica:

• Mejillones con leche.

• Butifarra con huevos fritos.

• Plátano escaldado.

Y, como era norma sagrada de la casa, cuando la camarera te traía los postres, se arrodillaba, te bajaba la cremallera o de deshacía los botones y te la comía sin respirar. Aquella comida fue todo un éxito, según constató Pichi con un rebufo de felicitación.

4: Jueves; me tocarás los huevos…

Cuarto día de la semana. Eso no significaba otra cosa que aquel día encontraría paella allí donde fuera a comer. Pero en el restaurante La Cigala Roja la mejor paella no tenía el mejor arroz ni la sepia tierna, ni las gambas de Palamós, ni las almejas bien abiertas. No, lo mejor eran la uñas de las camareras. De hecho, Pichi Arda se dirigió a su marisquería preferida y solicitó el plato del día, acompañado de un segundo y unos postres:

• Paella hirviente.

• Choricillos con piel.

• Pasta de hojaldre.

En este recinto, la misma camarera que te tomaba nota y que te servía los platos se quedaba a tu lado todo el rato: con una mano te ofrecía la cuchara con arroz y con la otra te pelaba el miembro hasta que salpicaras el mantel.

5: Viernes; habas tiernas…

¡Qué placer de día, saltaba como un sádico abonado al canal Gore de pago Pichi Arda! ¡Por fin es viernes! ¡Hoy comeré pescado fresco de verdad!

Los viernes siempre se lavaba los dientes y la lengua tres veces antes de salir de la pensión. ¡Qué mejor manera de empezar el fin de semana que con un inmejorable regusto del paladar! Negado por esta febril coyuntura, Pichi se dirigió a La cola del lenguado hace chup- chup, un restaurante familiar especializado en cocina de alta mar. Además, la gracia de este lugar culinario era que todas las camareras que te atendían eran familia, entre ellas mismas, claro: cuñadas, hermanas, primas. Había para elegir y remover. A Pichi le tocó, así de entrada, una conocida de una amiga de la ahijada de una sobrina de la dueña, quien le mostró una pieza del género que acababan de pescar de madrugada. Después de dar su aprobación con un pellizco húmedo, Pichi Arda dio su visto bueno a esto:

• Collage de marisco.

• Bacalao con ostras y mucho tomate.

• Higos con caldo.

Y lo más gratificante para comer en este palacio de carnes azules y blancas era que podías repetir tanto como quisieras. No hace falta decir que un cliente habitual como Pichi se quedaba hasta la hora de cenar.

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6: Sábado; todos a la que salta…

Si te apetecen calçots, cebollas u otras hierbas para ser untadas, ese era tu lugar: La acelga salada. Por fuera tenía pinta de herbolario, pero una vez traspasadas sus puertas de color verde musgo te dabas cuenta de que era un restaurante vegetariano; y naturista: la única pega era que tenías que colgar los calzoncillos para poder degustar lo que allí se cocinaba, todo bien crudo, bien limpio y verde, muy verde. Saludando a otros miembros conocidos, Pichi Arda cogió un plato y se lo llenó de comidas varias, de las cuales se componía el entrante. Poco después eligió lo siguiente:

• Tortilla de calabacín y berenjena.

• Pastel de patata pelada y asada.

• Peras a la brasa.

Y, a la hora de pagar, podías elegir: por delante o por detrás. Pichi siempre elegía la segunda opción, ya que estaba un poco aburrido de encontrar vello toda la semana.

7: Domingo; los cojones me cuelgan…

Qué disgusto, se maldecía sacudiéndose el pene en el lavabo de la pensión mientras se lo enjabonaba la sargento que lo dirigía. ¡Ya se ha terminado la semana! ¡Qué fastidio! ¡Qué injusta es la vida, caray! Una vez recuperado de la sombra de la tragedia que le había amenazado la felicidad del domingo, Pichi Arda se puso la corbata para ir a misa. Después de encajar un par de hostias, un puñetazo y una patada en la espinilla, Pichi fue a celebrar que la semana acariciaba su clímax al restaurante donde se comían las carnes más finas, delicadas y tiernas: El conejo tocado del ala.

Decorado con reproducciones de escayola emulando cacerías del paleolítico, el restaurante para carnívoros tipo lo regentaban dos hermanas gemelas que siempre iban disfrazadas de cazadores, del ombligo para arriba. Así pues, con el chichi al aire, las dos mozas te preguntaban qué querías para comer y para almorzar después. Tito, tradicional por no decir no, decidió que engulliría lo siguiente:

• Dos patatas abiertas.

• Un conejo entero, poco hecho y con alioli.

• Pastel de cabello de ángel.

Pagó a gusto y se fue cabizbajo. Otra semana había concluido. Y él todavía tenía tanta hambre…

8 y fin: Por mucho que comas, nunca te hartas…

Estaba tan y tan disgustado que no había manera de encender la televisión de su habitación para averiguar cómo había quedado su equipo de fútbol. Mientras arreglaba la ropa que se tenía que poner al día siguiente para ir a malgastar siete horas en la multinacional que cada mes le permitía llevar a cabo unas semanas gastronómicas tan completas, Pichi Arda se dio cuenta de que no había para tanto: al día siguiente comenzaba una nueva semana, y con ella siete nuevas posibilidades de llenar y vaciar su libido estomacal. ¡Buen provecho, mal nacido!


Octavi Franch (Barcelona, 1970). Escritor de todos los géneros en todos los formatos, ha publicado unos 75 libros y ganado más de 100 premios literarios. Retirado de las letras por motivos laborales durante 7 años, en 2015 resurgió de la penumbra. Actualmente está acabando de reeditar su obra en catalán, publicándola en castellano y empezando a editarla en inglés. Además, es dramaturgo, guionista audiovisual y articulista. También lleva a cabo, por encargo, cualquier función dentro del sector editorial. Visita su muro de Facebook


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