Cuento de Hebe Uhart: El budín esponjoso

“Soy una persona que mira, no como Hem –se refiere al autor de El viejo y el mar, que se hace cazador, torero o corresponsal de guerra para levantar desde adentro de esos personajes y sus historias. Mi mirada, entonces es una mirada externa, es una observación a cierta distancia, porque un modo de mirar, reitera, generará un modo de decir y de escribir”. H.U.

La escritura de Hebe Uhart

Todos los escritores tienen sus mandamientos. Bolaño dispara contra Cela y dice que no hay que leerlo. Poe se daba unas borracheras de padre y señor mío y después escribía en trance. Hemingway, el de las frases cortas, breves y concisas, escribía siempre de pie. Neruda usaba una estilográfica con tinta verde. Cervantes tenía como norte, entre muchos, el de hacer aparecer loco al Quijote y más cuerdo a Sancho, cuando debía ser al revés. García Márquez se ponía a meterle candela a sus historias y llenarlas de un torrente de imágenes oníricas, con el pucho (cigarrillo) en la boca y bajo el sol caribeño. Vargas Llosa recurre a putas y tías cachondas para que su relato siempre esté caliente. Azorín acostumbraba salir a caminar y mirar los pueblos y sus gentes con bondad y cariño. Y así, suma y sigue.

En el caso de la reciente ganadora del Premio Iberoamericano de Narrativa “Manuel Rojas” 2017, la argentina Hebe Uhart, su lema o primer mandamiento es: “Un modo de mirar, un modo de decir”. Y es fiel siempre a esta premisa.

Dice: “Soy una persona que mira, no como Hem –se refiere al autor de El viejo y el mar, que se hace cazador, torero o corresponsal de guerra para levantar desde adentro de esos personajes y sus historias. Mi mirada, entonces es una mirada externa, es una observación a cierta distancia, porque un modo de mirar, reitera, generará un modo de decir y de escribir”.

Dos colegas suyos que la conocen muy bien refrendan este principio. Haroldo Conti, que  prologó una de sus obras, Gente de la casa rosa, asegura: “Al principio su estilo parece simple, al principio puede pensarse en intenciones casi humorísticas, en la mirada narrativa que contempla la vida de gente común, pero un poco rara. Este rasgo de extrañeza no parece definitorio, sino producto de la persistencia misma de la mirada, sin modificar su sencillez aparente, que nada (y sobre todo nadie) es siempre o normal”. Y agrega: “Su escritura es tan simple que por momentos parece infantil, pero de simpleza en simpleza uno penetra en honduras y laberintos donde sólo puede avanzar si se participa en la magia de ese nuevo mundo suyo”.

cuento de Hebe Uhart
Escritora Hebe Uhart

Por su parte, su amigo y colega Elvio Gandolfo refiere que “si un lector se limitara a contar el argumento de algunos de sus relatos (los de Hebe, por supuesto) parecerían un ejemplo más de literatura autobiográfica o incluso costumbrista, porque el entorno suele bordear siempre el suburbio, y muchas veces el campo. Para el lector  de Hebe Uhart –añade Gandolfo– lo que más se le queda pegado a la memoria es, justamente, su curioso e intransferible modo de mirar o de oír (está premisa también está siempre presente en la obra del Premio Nobel Elías Canetti) y de expresar lo que oye o mira”.

Hebe Uhart tiene a su vez un modo de ser muy particular. Es de muy bajo perfil y a ella no le importa qué editorial la publica y cuál la posterga. No le interesan las portadas exuberantes ni que su nombre vaya en letras de moldo más grandes que el título mismo de la obra. Lo que quiere es que sus libros se impriman y salgan a recorrer las librerías, las tiendas, las bibliotecas y las calles y que circulen entre manos de niños (es autora de una vasta narrativa infantil), de jóvenes, trabajadores, dueñas de casa, y ancianos. A ella le bastan estas pequeñeces o detalles para estar feliz y poder todos los días regar su jardín. Ver cómo sus plantas crecen incluso emitiendo risas y algunas mueren porque otras más fuertes las avasallan.

Hebe Uhart nació en la localidad de Moreno en 1936. Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Ha dado aulas como profesora en colegios y universidades. El Premio “Manuel Rojas” 2017 está dotado de 60.000 dólares. Fue el propio ministro de cultura de Chile, Ernesto Ottone, quien le comunicó la nueva. El jurado estuvo formado por los escritores chilenos Alejandra Costamagna y Ramón Díaz Eterovic, los argentinos César Aira y Martín Kohan y el mexicano Jorge Volpi.

Es autora de las antologías de cuentos “El budín esponjoso” y “Relatos rerunidos”.  Se inició con la recopilación de cuentos “Dios, San Pedro y las almas” en 1962. Luego se anota con “Gente de la casa rosa”, “La elevación de Maruja”, “La luz del nuevo día”, “Leonor”, “Camilo asciende”, “Memorias de un pigmeo”, “Guiando la hiedra”, y “Mudanzas”.

Manuel Rojas es un escritor chileno, Premio Nacional de Literatura y autor del célebre cuento “El vaso de leche”, y de las novelas “Hijo de Ladrón”, “Lanchas en la bahía”  “Punta de rieles” y “Mejor que el vino”.

De la notable producción literaria de Uhart mostramos su cuento “El budín esponjoso”, uno de los más celebrados por sus fieles lectores y lectoras.

Por Ernesto Bustos Garrido

 

Cuento de Hebe Uhart: El budín esponjoso

Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que le faltara alguna cosa; por eso se comen sin parar. Las galletitas parecen hechas con pan rallado o reconstituido. Los únicos que saben comer galletitas como corresponde son los perros: las cazan en el aire, las destrozan con un ruido fuerte y ya las tragaron en un suspiro, levantando un poco la cabeza.

Tampoco quería hacer un flan, porque el flan es un proto-alimento y se parece a las aguas vivas. Ni un bizcochuelo borracho, que es una torta ladina. Es una masa a la que se le pone vino; uno va confiado, esperando sabor a torta y resulta que tiene otro; un gusto fuerte y rancio.

El bizcochuelo esponjoso que yo quería hacer era como una torta que comí una vez, que venía hermosamente envasada en una cajita: se llamaba torta Paradiso. En la caja había una figura de una mujer, con un vestido largo: no recuerdo bien si era una mujer y un hombre o una mujer solamente; pero si era una mujer solamente, estaba esperando a un hombre.

La torta Paradiso era tan esponjosa como nunca volví a comer nada igual; no es que se deshiciera en la boca; apenas se masticaba suavemente y uno sentía que todos los procesos de masticación, deglución, etc., eran perfectos. Además no era como las galletitas, que son para comer cuando uno está aburrido; era para pensar en la torta Paradiso alguna tarde y comerla, alguna tarde de lindos pensamientos. Cuando vi la receta “Budín esponjoso”, dije: Con esto, voy a hacer una cosa semejante. Le pedí a mi mamá que me dejara usar la cocina económica para hacerla.

—Ni en sueños —me dijo.

La cocina económica nunca se encendía; era un artefacto negro y grande que tenía una tapa también negra. Nunca supe cómo era por dentro ni cómo funcionaba. No se usaba porque parece que era fastidiosa. Estaba todos los días en la cocina como un fastidio desconocido. Era como el horno para hacer pan; en el fondo había un horno para hacer pan pero yo no vi nunca hacer pan allí ni asar nada. Este era considerado otro fastidio, pero al aire libre. Pero para mí eran diferentes; de la existencia de la cocina económica yo rara vez me acordaba porque era como un mueble. Del horno sí, porque cada vez que me iba a jugar, iba a saltar desde la base del horno (previa mirada adentro, a lo oscuro, ya que estaba, lleno de ceniza vieja, de mucho tiempo atrás) hasta el suelo. Parecía un palomar el horno y si alguna vez habían hecho pan ahí, nadie recordaba y parecía que no quisieran recordar, como si ese horno trajera malos o despreciativos recuerdos. En la cocina económica no era posible que yo hiciera budín esponjoso, en la cocina común, tampoco. Entonces pregunté:

—¿Puedo hacerla en el galpón?

—Sí —me dijo mi mamá.

Podía hacerlo en el galpón con un calentador.

En la cocina no, porque los chicos enchastran la cocina. En el galpón mi mamá iba a prender un calentador (es peligroso, los chicos no deben manejarlo).

Hice el budín en una cacerolita que por su tamaño ni era apta para hacer sopa ni nada. Yo no conocía a esa cacerolita verde, sería de algún juego anterior cuando yo no había nacido.

Si el calentador era tan peligroso, como decían, yo no sé cómo mi mamá se arriesgaba a darle fuelle con ese inflador. A cada bombeada mi mamá se arriesgaba a ser quemada por un estallido; puede ser que la muerte no le importara.

El budín esponjoso, cuentoComo ese budín tenía que dorarse arriba, sobre la cacerolita verde había unas brasas peligrosas. Para esta empresa yo quería que me ayudara mi amiga que vivía enfrente. Desde el día anterior le dije que tenía permiso para hacer el budín esponjoso y quedó en venir. Vino con cara de haber venido por no tener otra cosa mejor que hacer y participó en calidad de observadora reticente. Ella tampoco tenía miedo de la muerte por estallido de calentador y cuando se bajaban las llamas, bombeaba dándose el lujo de dar una última bombeada fuerte, como diciendo “Lista esta merda”. Pero yo advertí que no bombeaba como contribución al budín, sino por el ejercicio en sí, por hacer algo, porque ella estaba acostumbrada a manejar ese artefacto y le resultaba una cretinada que se apagara, por el hecho en sí.

Ya la cacerolita estaba al fuego con el budín esponjoso adentro; pero yo quería ver si ya estaba cocinado; mejor dicho, quería ver cómo se iba cocinando. Igual que un japonés que tenía un vivero y se levantaba de noche para ver cómo crecían las plantas.

Pero no podía levantar esa tapa que estaba llena de brasas; le pregunté a mi amiga y se encogió de hombros.

—Ah, ya sé —pensé—. Con un palo largo.

Agarré un palo largo de escoba y traté de pasarlo por la manija de la tapa; mi amiga me ayudaba, con reticencias. Cuando intentábamos abrirla, vino mi mamá y mi amiga puso cara y aspecto general (lo que además era cierto) de que no tenía nada que ver con esa idea luminosa del palo. Mi mamá supo enseguida que esa idea era mía.

—¡Qué manía —dijo— de mirar las cosas crudas, antes de que se hagan! A eso le falta mucho.

Cuando ella se fue, pude levantar la tapa con un palo más fino y pude espiar apenas un momento el pastel. Tuve una idea vaga, pero todavía parecía un panqueque, no tenía la tercera dimensión.

—A lo mejor todavía sube —me dijo mi amiga y me propuso hacer otra cosa mientras. Pero yo no me iba a mover hasta ver qué pasaba.

Al rato lo abrí, ya definitivamente, porque no se podían sacar y poner las brasas a cada momento: el pastel se había puesto de color marrón subido, se había replegado en sí mismo en todas direcciones: a lo largo y a lo ancho. Quedó como una factura marrón, de esas que llaman vigilantes.

Mi mamá dijo:

—Es lógico, yo ya suponía.

Yo pensé que para los grandes la confección de soretes era una cosa lógica e inevitable.

Pero yo no lo comí ni nadie lo comió. Usted tampoco hubiera podido comer eso.

 

 

 


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


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