Carlos Salazar Herrera

Plato casero tradicional a la manera de Carlos Salazar Herrera

Información

  • Dificultad: media (siempre y cuando el chef esté familiarizado con este tipo de cocina casera)
  • Comensales: amantes de la cocina sencilla y directa, con sabor de la tierra, ajena a la moda de la alta cuisine.
  • Tiempo de lectura: 8 minutos

Ingredientes

  • Elementos narrativos que potencien el melodrama rural.
  • Cuatro personajes sencillos movidos por sus propias motivaciones.
  • Condimentos muy humanos: impotencia, pulsión por lo prohibido, picardía, ingenuidad…

Pasos

Este va a ser una receta casera de la abuela, con regusto a tiempos pasados, nada que ver con la moderna y a veces extravagante cocina vanguardista. Elige cuidadosamente cuatro personajes sencillos, sin grandes recovecos, y prepara con ellos un plato culinario realista con cierto aroma criollo. Deja que los personajes se dejen llevar por sus propias motivaciones a fuego lento y que interaccionen entre ellos para generar un sutil pero atractivo conflicto. Esta receta tiene algo de picante por su querencia a abundar en el deseo de lo prohibido. Sazónala con un lenguaje mimético que potencie el sabor al campesinado costarricense. Añadir un chorro de humor sutil que atraiga pero no embriague. Presentar en el plato con estilo, resaltando sus dos colores: el blanco y el negro. Degustar en caliente, acompañado de un jerez Valdespino dulce.

El chef

Carlos Salazar Herrera nació en San José, Costa Rica, el 6 de septiembre de 1906. Fue un hombre de variados intereses humanistas. Profesor universitario, director de Radio Universitaria, pintor, escultor, periodista, ebanista, miembro de la Academia Costarricense de la Lengua… Sus cuentos, inscritos en el realismo, fueron publicados durante años en revistas y recogidos finalmente en el volumen Cuentos de angustias y paisajes. Tal vez su condición de pintor le sirvió para describir, como si de una imagen pictórica se tratara, la angustia y los paisajes de la sociedad rural costarricense. En sus cuentos predomina una estructura y un lenguaje sencillo para dar voz a personajes dominados por el dolor, la angustia o la impotencia. Pertenece a la conocida Generación de los 40 (1940–1960), de la que fue quizá el mejor cuentista.

Receta redactada por Francisco Rodríguez Criado.

 

Cuento de Carlos Salazar Herrera: La calera

Alguna vez, en lejanas épocas sin historia, el mar había llegado hasta allí. Por eso en el tajo hay fósiles de conchas.

—Buenas tardes, Eliseo.

—Buenas tardes, ñor Rosales. ¿Qué lo trae por estos lados?

—Pues nada, Eliseo; el gusto de saludarlo.

Y ñor Rosales entró en el encaladado galerón de la calera.

Casi todo es blanco: el camino, el puente, el muro, la tranquera, la casa y los troncos de los árboles. En el fondo el escarpado tajo de piedra caliza, con el gris del tiempo.

Cuando el sol baja, quiebra sus rayos en las lajas de la escarpa, y los rayos caen despedazados sobre los potreros.

—Hombré, Eliseo… ¿Le compro esta finquita con casa, calera, carreta y yunta?

—No, ñor Rosales, como va a crer…

—Vea, Eliseo, yo soy hombre de poco platicar. Le doy sesenta mil pesos, billete sobre billete.

—No,ñor Rosales. La oferta es buena, pero ni me haga juerza porque no la vendo.

—¡Ah!… ¡Qué Eliseo tan encariñado con esto!

—Asina soy yo, ñor Rosales.

—Bueno, Eliseo. ¿Qué vamos’hacer? Voyir haciendo viaje, pues.

—Bueno, ñor Rosales, que Dios lo lleve con bien.

Y el viejo salió del encalado galerón de la calera.. Casi todo es blanco.

Lina, la joven esposa de Eliseo, es también blanquísima de piel. Muy bonita es Lina. Su pelo castaño tiene reflejos de horno encendido, y sus ojos son verdes, como las hojas tiernas de los naranjos.

No se sabe por qué, empezó a llegar por ahí la Cholita. La Cholita es ahijada de ñor Rosales. Tiene el color moreno; sus ojos son negros y el pelo negrísimo. Así es la Cholita.

Cuando Eliseo quemaba piedra en el horno, ella estaba ahí, estorbándolo con preguntas inútiles. Cuando Eliseo guiaba sus bueyes, ella se subía a la carreta y buscaba entre las piedras fósiles de conchas.

Cuando Eliseo minaba el tajo, la Cholita estaba ahí, con los brazos cruzados por la espalda, erguida, mirando a los picapedreros.

Y lo grave era, de todo aquello, que el magnífico contraste que hacía aquella muchacha tan morena, en el fondo terriblemente blanco del paisaje, empezaba a gustarle a Eliseo.

—¿Por qué no te vas pa tu casa, Cholita?… Déjame trabajar.

—¡Ah!… Qué don Eliseo…

Al venir la noche, llegaba el calero a su casa y miraba a su mujer. Blanca, muy blanca, con los ojos verdes y el pelo castaño claro. Después pensaba en la Cholita.

Morena, quizás demasiado morena, con los ojos negros y el pelo carbón brillante.

Luego pensaba en el paisaje. Blanco el tajo, blancos los troncos, y la casa y la tranquera y el muro y el puente. Las trochas blanqueadas con el polvo de cal que se derrama al desbordarse de las carretas… y el rojo blanco de las calcinaciones.

Y la esposa:

—Decime una cosa, Eliseo: ¿Por qué la Cholita de ñor Rosales se pasa metida en la calera?

—Yo qué sé.

—S’está poniendo muy guapa la Cholita. ¿Verdá, Eliseo?

—Yo que sé.

—¿Te gusta, Eliseo?

—Yo que sé. ¡Yo qué sé! . . .¡Ah carambas!

Y el marido terminaba por salir al corredor de su casa, para sumergir sus ojos en la negrura de la noche.

Una mañana, Lina resolvió visitar a su vecino.

—Buenos días, ñor Rosales.

—Buenos días, mi’hijita. Pase adelante y se sienta.

—Muchas gracias. Aquí no más… Vea, ñor Rosales, vengo a…

No hallo cómo decirle… Es por el bien de su ahijada. Usté sabe, ñor Rosales, es una muchacha tan joven y tan bonita…

—¡Ay señora, no me diga más! ¡Viera cuántos disgustos m’está dando esa confisgada muchacha! No hay modo de que tenga juicio. Sí, sí; ya sé, ya sé. Se pasa metida en la calera de Eliseo. ¡Achará!… ¡Una muchacha tan bonita, tan engreída y tan hombrera. ¿Verdá? Después le pasa algo… ¡Ah!¡Qué muchachas las de hoy en día! En mis tiempos…

—Bueno, ñor Rosales, si ya usté lo sabe, usté sabe lo que tiene que hacer. Ydispénseme, ñor Rosales, que dejé el arroz en el fuego.

—Bueno, m’hijita. Muchas gracias por advertírmelo. Yo voy a platicar otra vez con esa vagamunda.

—Pero no le diga que yo le dije…

—No tenga cuidao, m’hijita, que yo nunca miento nombres porque no me gusta meter a naide en enredos. Démele saludes a su maridito.

—Gracias, ñor Rosales. Ahí perdone.

Y el pícaro viejo escondía su risa.

Lina salió muy triste de la casa de ñor Rosales, porque comprendió que nada había ganado y mucho había perdido con aquella tontería de visita.

Un día luego, frente al pabellón plateado de la escarpa, destacábase lindamente la silueta de la Cholita.

Eliseo la acertó a mirar, y por un instante pensó que si Lina estuviera parada allí, la blancura del tajo la hubiera absorbido, hasta confundirla con las piedras.

—¡Quilate de ahí, muchacha, que hay una carga de dinamita!

Eliseo echó a correr, llegó hasta la Cholita, la cogió de una mano y casi arrastrándola la metió con él en una gruta del peñasco. Reventó el explosivo y hubo una lluvia de piedras.

El calero, en la gruta blanca, tenía a la muchacha en sus brazos, sintiendo en sus manos encaladas el fogoso respirar del pecho agitado.

Era como si hubiese hallado un diamante negro entre la ferocidad blanca de la escarpa angulosa y llena de fósiles de conchas.

—¡Andá vete! Ya pasó el peligro, Cholita. ¿Por qué no te vas?

—¡Ah!… Qué don Eliseo, pues porque usté no me larga.

—¡Andá vete! ¡No te quiero! ¿Oyís? ¡No te quiero! ¡No me gustás?

Y le llenó la cara de besos.

Cuando ambos salieron de la gruta, encontraron a Lina frente a ellos. Parecida estaba a una estatua de cal. Sus ojos fulguraban.

Nada dijo. Dio media vuelta y se marchó.

Al apagarse el día hallábase Lina en el corredor de su casa, haciendo los ruedos a unas sábanas de lienzo. Algunas veces miraba la cumbre del tajo y después hacia el otro lado, la aguja de la iglesia de Patarrá.

Lina adora a su marido, aun cuando la blanca serenidad de su temperamento se niega a manifestarlo con zalameras ternuras. Lo quiere, porque Eliseo es todo un hombre y sufre y se angustia porque sabe que su marido es muy capaz de querer a dos mujeres al mismo tiempo y con la misma intensidad.

Pero Lina no estaba dispuesta a dividirse con otra. Ella fue siempre como la piedra caliza, fría, inmóvil, adherida a la roca. Pero ahora, había sido calcinada en un horno ardiente de celosas llamas, que la transformó en cal viva, con el fuego blanco acumulado.

Esperaba que Eliseo viniese a derramar sobre su blancura cáustica un chorro heladode reproches por haberlo espiado… o de indiferencia.

Entonces ardería ella, aun cuando tuviera que abrazarse en su mismo fuego, hasta quedar convertida en un puñado de cal apagada.

Llegó su marido. Blanca la esposa. Blancas las sábanas. Blanco el corredor. No había en su mujer un contraste que la destacara de un fondo siempre igual.

En cambio la Cholita era una nota negra y brillante, que lucía de un modo raro, seductor, extraordinario… como una estrella negra en un cielo blanco.

Eliseo pensó que su mujer no tenía la culpa de ser tan blanca, y pensó que la blancura del paisaje estaba destruyendo a su esposa.

Esperó que ella hablara, pero ella nada dijo. Levantó la cara con una leve sonrisa y lo miró esfumado, a través de sus lágrimas. El dijo con amorosa ternura:

—¡Que bonitos son tus ojos!

Ella bajó la mirada y continuó hilvanando los ruedos en las sábanas de lienzo.

Lina esperaba algo así como un chorro de agua fría, pero fueron solamente cinco gotas de agua tibia: “¡Qué bonitos son tus ojos!¨ Y agradecida y pacificada se prodigó en su silencio triste.

El sol bajo, quebraba sus rayos en las lajas de la escarpa. De tarde en tarde se oían explosiones de la dinamita rompiendo la cantera y después… una cadena de tumbos que arrastraba el viento sobre la cordillera.

A cada estallido, rodaban aquellas angustiosas gotas que tenían en sus lagrimales, las hojas tiernas de los naranjos.

Esta última noche, fué Eliseo a buscar al viejo.

—Buenas noches, ñor Rosales.

—Buenas noches, Eliseo. ¿Qué anda haciendo por aquí a estas horas?

—Pues… venía a ver, ñor Rosales, si todavía está dispuesto a comprarme la calera.

—¡Ah!… Qué Eliseo este más raro. Pues… hablando s’entiende la gente. Le antepongo que ya casi me había olvidado de eso. Pero, la verdá, hora que usté viene a  mentarme lo del trato, puede ser que nos entendamos. Le advierto que ya no tengo tanto interés y diuna vez le digo que ya no le doy los sesentamil pesos que le dije. ¿Fueron sesentamil, verdá? Sí, sí, sesentamil. ¡Mucha plata! ¡Je, je!… Usté sabe… Si me hubiera cogido la palabra cuando se la ofrecí…

—Bueno, ñor Rosales, y… ¿cuánto me ofrece ahora?

—Vea, Eliseo, yo soy un hombre de poco platicar. Si usté quiere que tratemos le doy cincuentamil.

—Está bien. ¡Llévesela!

—¡Ah!… ¡Que Eliseo este tan precisao! Pues si quiere mañana vamos onde mi abogao. Y… dígame, mi amigo, ¿Por qué se decidió a vendérmela?

—Es que quiero comprar en Higüito una finca… ¡con una carbonera!

Ñor Rosales extendió a Eliseo su mano derecha, mientras con la izquierda encubría una sonrisa imprudente que se le vino a la cara.

Carlos Salazar Herrera, Cuentos de angustias y paisajes.


 

Fuente de la imagen. Carlos Salazar Herrera, retrato a lapiz sobre papel, Huk Whilè, `Bullets` Sydney Australia; imagen de la portada del libro: Escritos Ineditos. Escrito e ilustrado por Carlos Salazar Herrera. Editoria Costa Rica, 2013

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