Cinco sabores Álex Oviedo

Un pincho para los cinco sentidos de Álex Oviedo

Información

  • Dificultad: De preparación artesanal, primero se degusta con la mirada, luego se paladea extrayendo los sabores ocultos.
  • Comensales: Una pareja amante de la cocina en miniatura.
  • Tiempo de lectura: El necesario para regresar con calma a cada metáfora y a las imágenes que evocan el recuerdo.

Ingredientes

  • Ingrediente principal: el gusto por la lectura relajada, junto a un fuego que caldee la estancia.
  • Dos personajes masculinos en su relación con las mujeres que admiran o aman. Hay pasión y desengaño, hay nostalgia e ilusión.
  • Amor por lo lírico pero también por el cine, por ese cine que aún nos permite soñar.
  • Un lenguaje poético, trufado de imágenes que nos llevan al mundo de los sentimientos, y a veces a su problemática.

Pasos

Prepara el plato manipulando sabiamente los ingredientes, con frescura. No te pases con la sal ni intentes erotizar en exceso la escena, que fluya por sí sola. Servir el pincho frío, para que el comensal vaya apreciando tu buena cocina de manera informal. Es solo un entrante, pero hay que abrirle el apetito para que luego deguste los platos y los postres que le tiene reservado.

El chef

Álex Oviedo (Bilbao, 1968). Soy periodista y escritor, aunque trabajo fundamentalmente como organizador de eventos culturales y responsable de prensa del Colegio Notarial del País Vasco. Colaboro mensualmente en el periódico municipal Bilbao dentro del suplemento cultural “Pérgola”.

Mi primera obra, Hektorren agenda, se publicó en euskera en el año 2000 después de que resultara finalista del premio de novela Ciudad de Barbastro. Mis relatos han aparecido en 2.050 km. de palabras. Antología de relatos vasco-canaria (2008), Mar de pirañas (2012), En el país encantado y otras historias de amor (2013) y Cuentos alrededor de Bilbao/Bilbo inguruko ipuinak (2014). He publicado las novelas El unicornio azul (2005), Las hermanas Alba (2009), La agenda de Héctor (2014), Cuerpos de mujer bajo la lluvia (2016) y el libro de relatos El sueño de los hipopótamos (2011).

 

CUERPOS DE MUJER BAJO LA LLUVIA, de Álex Oviedo (fragmento)

No la vi en varios días. Ni en clase ni en el campus. Pero al cabo de un par de semanas me abordó en la cafetería.

—Buenas, profesor —me dijo—. No me importaría que me pagara un café.

—¿Siempre eres tan directa? —pregunté.

—Depende de lo que quiera obtener —contestó.

—Ya, y un café es un café…

—Digamos que de momento sólo quiero un café.

Era descarada y decidida, dos rasgos que me atraen en una mujer. Hice un gesto al camarero para que se acercara.

—Un café…

—Con leche —añadió ella—. En vaso, corto de café.

—Alicia, ¿verdad?

—Sí, como la del País de las Maravillas. A mi madre siempre le gustó esa novela… Yo, en cambio, no he conseguido acabar de leerla.

—Alicia, el nombre de una niña a la que Carrol inmortalizó —murmuré reflexivo—. ¿Siempre vistes de negro? —Buscaba con mis palabras llenar el espeso silencio—. ¿No pertenecerás a alguna tribu de ésas? ¿Cómo los llaman?

—Los siniestros —apuntó ella—. No, a ellos les da por complementos extraños: crucifijos, telas de araña, bolsos con forma de ataúd…, cosas que yo jamás me pondría. Visto así porque me siento cómoda. No me gustan las estridencias ni los colores chillones. Aparte de ésta no hay una razón especial. O quizás sí, pero es pronto aún para decírselo. Perdería ante usted parte del misterio.

—No me trates de usted, por favor. Creo que ya te has ganado el premio de tutearme.

—Prefiero tratarle de usted —dijo—. Al menos mientras estemos en la universidad. Ya tendré tiempo de tutearle cuando estemos fuera.

—Como quieras —afirmé, y le dejé un hueco junto a la barra para que pudiera tomarse el café.

—¿Anda ahora con alguna cosa? —preguntó.

No entendí la pregunta y se lo dije.

—Me refiero a si está escribiendo algo —aclaró.

Carraspeé. A los escritores nos atraen las supersticiones en lo que se refiere a nuestro trabajo: en mi caso, que no se publicará mi novela si hablo con anterioridad mucho de ella.

—Estoy documentándome —dije para salir del paso.

—¿Sobre qué? —insistió.

—No sé, un poco de todo, pero relacionado con el País Vasco.

—¿Va a ser una novela política?

—¿Política? No —negué con rotundidad. Luego añadí—. Aunque siempre que se habla de Euskadi parece necesario hablar de política.

Alicia sorbía el café con sus ojos rozando los míos.

—La política siempre lo ensucia todo ­­—murmuró—. El problema de Euskadi no está en la sociedad sino en los políticos. Sin ellos, lo que llaman conflicto vasco se habría solucionado hace tiempo. Con ellos, podría llegar a eternizarse.

Callé. No quería entrar en discusiones con una alumna a la que apenas conocía. Ella me miraba buscando la aprobación a sus palabras.

—Hablará de relaciones —me limité a comentar—. Parejas rotas que buscan una segunda oportunidad.

Con un fugaz mohín de sus labios expresó que entendía el cambio de tema.

—¿Siempre habla de rupturas? —atacó.

Agradecí su pregunta. La conversación había vuelto a un sendero que yo prefería.

—No sé exactamente si de rupturas —respondí—. Me gusta escribir sobre relaciones. Los problemas que conlleva la convivencia…

—¿Le gusta el cine? —soltó de repente.

—A veces —contesté sin saber muy bien el motivo de su pregunta.

—Tengo invitaciones para esta noche. ¿Le gustaría ir?

Sonreí. Nunca me he acostumbrado a que sean las mujeres las que tomen la iniciativa. Y Alicia parecía querer llevarla en todo momento.

—Eres mi alumna —me excusé—. Y podría ser tu padre.

—Mi padre es mucho mayor. Y sólo es una película. Ni me voy a enrollar con usted ni le voy a pedir que me apruebe.

Hice un gesto al que ni siquiera yo mismo supe dotar de significado. Ella me interrogaba con la mirada mientras volvía a llevar sus labios al borde de la taza. Por mi cabeza deambulaban sin orden cientos de preguntas que habría querido hacer. Pero el desparpajo de Alicia había conseguido desarmarme.

—¿No tienes amigos con los que ir? ¿O un novio? —sugerí. No eran las preguntas adecuadas. No sabía cuál era la mejor manera de escapar de allí. Y en realidad tampoco sabía si quería escapar.

—Me apetece ir con usted. Y además, a mis amigos no les gusta Woody Allen.

—¿Misterioso asesinato en Manhattan? —pregunté. En la frase advertí incómodo un ligero tono de emoción.

—¿La conoce? —sonrió Alicia advirtiéndolo también.

—He leído alguna crítica. Parece que Allen ha vuelto a la comedia.

—A sus orígenes, sí. Y casi mejor. Cuando Woody Allen emula a Bergman no hay quien le aguante. ¿Se anima?

Dudé unos segundos. Nuestras vidas están llenas de prejuicios que nos limitan en las relaciones, pensé. O que nos avisan de los errores que podemos cometer si continuamos por ese camino. Aunque, me dije recurriendo a sus palabras, tan sólo era una película. No había ningún tipo de maldad en lo que íbamos a hacer.

—De acuerdo —acepté—. ¿A qué hora?

—A las diez, pero podemos quedar un poco antes y tomar algo. ¿Qué le parece a las nueve? En el Iruña.

Hice un gesto afirmativo con la cabeza que ella aprobó bebiendo de un trago el resto de su café. Desde un principio había establecido las reglas del juego y ya podía marcharse con la partida ganada.

—Nos veremos luego… —se despidió—. Y no se retrase —añadió guiñándome un ojo.

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